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La dictadura del anarquista

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Anarquista

Muy lejos queda la época de dictadura, por lo menos en Europa, región que presume de libertad y prosperidad de la mano de la social-democracia. Un sistema respaldado por una gran mayoría de sus propios ciudadanos, que coge como bandera el respeto, la igualdad de oportunidades y la libre elección de decisiones.

Viniendo de dónde venimos, parece que hemos tocado techo, que hemos alcanzado la cúspide de la organización política. El miedo a retroceder a tiempos oscuros retroalimenta el propio virus que hemos creado.

Un virus que crece apoyado en las mayorías o lobbies, los cuales, no dejan de ser grandes grupos de interés

Este virus hace que la sociedad viva totalmente coaccionada por el poder político y estatal, o, por lo menos, una parte de ella, pero, a diferencia que en la dictadura, lo hace vendiendo libertad de la mano de la mal llamada democracia.

Las armas han dejado paso a propaganda, debates o mítines, reconozcamos el avance, pero sigue habiendo grupos sociales, llamados minorías, que siguen sometidos día a día a un sistema totalitario.

¿Defiende eso el concepto de democracia?

Pongamos el ejemplo del anarquista. Hoy en día, toda la sociedad esta obligada a participar del estado de bienestar, este o no aceptado a nivel individual. Parte de la riqueza generada por nuestro trabajo es confiscada por el estado (o saqueado según los propios anarquistas) en favor de un sistema con el que puedes o no estar de acuerdo. Tratar de unificar la opinión de toda la población es, por lo menos, atrevido, pero es, precisamente, lo que se está haciendo.

Las personas que se alejan del camino marcado son abusadas y obligadas a rectificar. Si un individuo no quiere participar del sistema, es decir, si no quiere beneficiarse del estado de bienestar, mayoritariamente, de las pensiones, sanidad o educación, no tiene LIBERTAD de no hacerlo. Un individuo no puede decidir no ser expoliado con impuestos y no participar de los beneficios que éstos teóricamente ofrecen.

¿Dónde queda la libertad de decisión con la que empezábamos el artículo?

Y no sólo no pierde la libertad de decisión, sino que, además, de no hacerlo, es brutalmente castigado; en primer lugar, con el capital, en segundo lugar, con las propiedades o pertenencias, y, en tercer lugar, con la propia la libertad. Es decir, inconscientemente estamos apoyando un sistema capaz de encarcelar a su propia población por no apoyar o compartir el funcionamiento del sistema.

El anarquista, figura que ya se ha encargado el estado de demonizar, no tiene hueco en este sistema, y como él, muchas minorías más. Cuando primamos la libertad colectiva sobre la libertad individual, estamos cayendo, irresponsablemente, en un sistema abusivo y arbitrario. Por tanto, la social-democracia o la “tiranía de las mayorías”, como dice el doctor Juan Ramon Rallo, no es más que un régimen despótico maquillado por el grupo de interés mas grande jamás creado, el estado.

Desde mi punto de vista, tenemos que avanzar a nuevos sistemas, que dejen espacio a todos los grupúsculos sociales, sin necesidad de abusar de ellos. Dejemos de pensar que hemos tocado techo y busquemos movimientos más libres, justos y adaptados más al individuo. Y para ello, debemos eliminar poco a poco, el bestial poder que le hemos dado al estado.

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