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Rozalén cuelga el cartel de ‘sold out’ en el WiZink Center de Madrid

Rozalén regresaba este 14 de junio por segundo año consecutivo al WiZink Center de Madrid colgando el cartel de entradas agotadas. Las canciones incluidas en su trabajo 'Cuando el río suena...', disco certificado Platino y número 1 en España, sonaban de nuevo en la capital.

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Rozalén
Rozalén en el Arenal Sound. (EFE)

Madrid agota una vez más las entradas del actual tour de Rozalén, como hizo en las dos fechas del Teatro Circo Price en noviembre de 2017 y en el último WiZink Center en 2018.

Cuando Rozalén se sube a un escenario, todo duele un poquito menos

Había gente, eso sí, mucha gente. Unas 12.000 almas esperando impacientes en el WiZink Center de Madrid a que el concierto comenzase con -casi- mi misma emoción.

Había también olor a sol de pleno junio y ganas de olvidar cada uno su rutina aunque fuera durante un rato.

Y luego ella, Rozalén: una chica normal que huye de apariencias. Vestida con ‘la chispa adecuada‘, tacones que no ceden y melena domada con esmero. Salió al centro del escenario, llena de nervios y ganas y arropada por su inseparable intérprete de lengua de signos Beatriz Romero, la banda formada por Ismael Guijarro, Tete Moragón, Samuel Vidal, Goyo García, Álvaro Gandul y Oliver Martín, las pantallas y los altavoces capaces de despertar a un muerto. Podría parecer que Rozalén era la protagonista de lo que allí iba a suceder, pero no: demostró cantando ‘saltan chispas’ entre el público que esa noche era un alma más en ese micromundo feliz que se formó nota a nota, persona a persona, en un escenario, de una ciudad, de un país, de un planeta lleno de problemas y de desencuentros. Y de muchas cosas más, por suerte.

La felicidad más pura, que a veces es la más fácil

Abrir los ojos, los oídos y el corazón, y simplemente escuchar. Fue inevitable levantarse y aplaudir ante la historia de ‘Justo’, su tío abuelo muerto en la guerra y desaparecido durante 80 años en una fosa común.

“Que mi abuela haya podido llevarle una flor es cuestión de dignidad, de humanidad. Duele mucho que algunos hablen de nuestros antepasados como huesos”.

Entre lágrimas de tanta emoción, el show continuaba y María cada vez más enraizada, nos presentó a “La Angelita de Letur”, la madre que la parió, de la mejor manera que podría hacerlo, marcándose sobre el escenario un ‘Pena, penita, pena‘ que puso el pabellón del revés.

Como si de la fiesta de cumpleaños de los recién estrenados 33 de Rozalén todavía se tratase

No pudieron faltar allí compañeros que además son amigos o viceversa. David Otero con su ‘Baile‘ y Mr. Kilombo con ‘Sinmigo’ subieron al escenario para seguir haciéndonos sentir y disfrutar.

Después de casi llegadas las dos horas de concierto, aparentemente ya no quedaban fuerzas para más, pero el público se arrancó a pedir los bises sin cesar… todavía faltaba por sonar ‘Girasoles‘ y la que ya se ha convertido en un himno ‘La puerta Violeta’.

Cuando las luces del escenario finalmente se apagaron, empecé a sacar conclusiones

Hacía calor, mucho calor. ¿Tanto calor? Creo que lo que ardía no estaba en el aire. No es que las personas buenas se merezcan todas las cosas buenas. No es que Rozalén llegue a cuotas insuperables de belleza y verdad. No es que ‘Vuelves’ ya no doliera. Que también.

Era que en las dos últimas horas, todo eso junto y alguna cosa más, se habían unido para confirmar una sospecha. Los sueños se cumplen. No es que puedan cumplirse, no, es que se cumplen. Lo más difícil, aunque resulta duro admitirlo, no es que la suerte esté de nuestro lado, es que nosotros decidamos crear la suerte con nuestras propias manos. Y cuando lo hacemos… los sueños ni siquiera llegan a ser sueños.

El palacio seguía vaciándose mientras la gente salía bailando a ritmo de ‘Respect’. Rozalén abrazaba, sonreía y despertaba en algún punto detrás del escenario. Yo seguía pensando que con la suerte no se nace, se hace.

Que un día eres una niña aporreando una bandurria en Albacete y al siguiente llenas teatros y plazas. Y corazones. Al siguiente, pues quién sabe.

Yo, personalmente, no me conformo con poco. Yo, como ella, me pido lo máximo que un ser humano se puede pedir en la vida. Ilusionar, abrazar, acariciar. Hacer magia sin trucos. Tirar de mi hilo y notar que detrás hay personas, vidas, latidos, emociones, sensaciones.

Respirarlas todas. Darlo todo. Me pido que el aplauso final me pille por sorpresa. Que me emocione aunque ya me haya emocionado antes. Que me recuerde siempre que lo vivido nunca será mejor que lo que está por llegar. 

En la vida hay dos opciones: se baila o no se baila. Y aquí se baila. 

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